miércoles, 27 de abril de 2011

Sobre el cuerpo

Un individuo efímero, en una sociedad efímera, en un planeta efímero, en un sistema solar efímero, puede así vivir "entre bienes inmortales" (Epicuro). Eso es difícil, sin duda. Todo en la vida nos empuja hacia la nada: hacia el infortunio. Si únicamente el pensamiento especulativo debiera conducirnos a lo eterno, quizá ya hubiéramos renunciado. Pero hay momentos en la vida de cada uno (¿de cada uno?) en los que, en el recodo de una música o al doblar la esquina en un paseo, la paz de una meditación o el silencio de un amor, "sentimos y experimentamos- como dice Spinoza- que somos eternos". Tales momentos nunca constituirán la totalidad de nuestra vida (nunca seremos totalmente sabios), pero podemos multiplicarlos, dilatarlos: hacer que dure lo eterno. Y luego el arte, que nos muestra (contemplemos a Vermeer o a Corot, escuchemos a Mozart o a Schubert...) que cada instante es eterno, o puede serlo, también nos ayuda. También Proust muestra, quizá mejor que nadie, cómo tres árboles, un seto de espinos blancos, un recuerdo o un pequeño fragmento de pared amarilla, pueden "liberarnos del orden del tiempo" y, por tanto, liberarnos de nosotros mismos, al proporcionar a quien los sabe percibir la sensación gozosa ("un goce semejante a una certeza y suficiente, sin necesidad de pruebas, para que la muerte me fuera indiferente") de su eternidad.

André Comte-Sponville. Tomado de "Sobre el cuerpo".

No hay comentarios:

Publicar un comentario