Te recuerdo maestro, Atahualpa Yupanqui.
Desde que hace varias décadas llegué a tu conocimiento, vuelvo de tiempo en tiempo a tu memoria. Es el cordón umbilical que no se pudo romper nunca, es más, asegura tu presencia. En tiempos de alegría, en tiempos duros, en tiempos de creciente incertidumbre, en tiempos de tiempo, ¡Qué más da! Los acordes de la guitarra, la firme pose llena de convicciones, las letras claras, sin concesiones a la banalidad ni a la estupidez. Si supieras, maestro, cómo circula el mundo hacia sí mismo y hacia la nada. Si supieras cómo la violencia y la banalidad nos carcomen el poso cultural, haciendo trizas todo lo mejor del ser humano... entonces entenderás porqué recurro a ti. Escucho tus canciones en silencio. No permito la ruptura. Pero nuestro mundo se está agotando y la salida nadie sabe a ciencia cierta cómo será. La Pachamama, la Madre Tierra, tan querida en tus canciones, se resquebraja ante la mirada indiferente del modo de vivir que se practica. La libertad, al igual que los dioses antiguos, sólo son palabras vacías. Figuras de utilería que se utilizan para adornar y después se tiran.
Recurro a ti.
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